Los clubes sociales de Cannabis (CSC) como lugares “obs-cenos”.

Existen muy diferentes dimensiones involucradas en los CSC y AC: dimensiones sanitarias, sociales, políticas y morales entre otras; En este sentido, las drogas –especialmente las ilegales- siempre han sido un terreno abonado para el moralismo en el sentido de que se identifican como elementos que propician “placer” y “locura” dos elementos identificados como “peligrosos”, como “fuente de pecado” o de mal obrar… En este sentido me ha llamado mucho la atención como en la practica totalidad de los clubs de cannabis no hay ventanas, ni cristales que “comuniquen con el exterior”; y si las hay, están, o bien hechas de manera que de fuera hacia adentro no se pueda ver, o bien con vinilos grises que difuminan e imposibilitan la visión nítida del interior y solo dejan pasar la luz, pero no la visión. Este hecho me dio pie a una reflexión (que sería el embrión de este texto) que me surgió en el momento en el que andando por la calle en Tarragona pasé por al lado de un centro de salud mental y observé que tiene, al igual que las AC y CSC, los cristales tintados para evitar que se vea desde fuera el interior y que, a su vez, desde el interior se vea el exterior. En ambos espacios (CSC y centros de salud mental) se preocupan de que no haya comunicación visual alguna con el exterior, en ambos lugares “aíslan” físicamente a los individuos como consecuencia de los prejuicios sociales asociados (al consumo de sustancias –y en concreto al consumo de cannabis- en un caso y con respecto a la salud mental en el otro. En ambos casos el aislamiento es doble: por una lado, aun estando “integrados en la ciudad”, no tienen contacto alguno con el exterior –ausencia de ventanas o ventanas tapadas con vinilos o cristales tintados, sólo pueden entrar socios y solo puede hacerse socio alguien que venga avalado por algún otro socio-, y por otro lado, la discusión central sobre los espacios de tratamiento mental, asi como cada vez más sobre los CSC y AC, está cada vez más ligada acerca de la ubicación espacial “separada” de los núcleos urbanos y de niños o lugares frecuentados por menores, tratar de separarlos de los núcleos más urbanos o de los centros educativos, equipamientos públicos etc, etc… Al igual que la prostitución, la locura, las cárceles / los cies y demás espacios “moralmente incomodos”, los clubs de cannabis ahora están viéndose arrojados a los márgenes sociales donde lo importante es, más allá de su propia existencia, que “no se vean”, esto es: que sean excluidos a la “periferia” espacial visible y/o simbólica en un estado de excepción permanente (Agamben). Aquí me parece relevante relacionar esta dinámica de segregación/aislamiento social de los clubs de cannabis  (“materiarilazada” en el aislamiento visual y físico, y en la preocupación desmesurada de las autoridades para regular las distancias y que sólo puedan establecerse nuevos clubs en los extra radios donde no se “vean” ni “molesten”) con el texto de Angel Martinez: “Fuera de escena: La locura, lo Obs-ceno y el sentido común” (Martinez, 2…..)

También es interesante señalar como esta segregación “espacial”, este aislamiento, es deseado por muchos de los propios usuarios. En estos hechos se revela que aun sigue habiendo un fuerte estigma (tanto con la salud mental como con el consumo de drogas ilegales –en concreto con el cannabis, aunque también es obvio que el consumo de esta sustancia esta mucho más “normalizado”, por lo tanto mucho menos estigmatizado –a mayor normalización, menor estigmatización siempre- que el consumo de otras sustancias catalogadas de drogas más “duras”). El que los propios usuarios quieran que no se les vea desde fuera también revela como el discurso hegemónico del prohibicionismo lo es precisamente porque hasta los propios afectados naturalizan y justifican ese orden de representación de la realidad que les presenta como haciendo algo “obsceno”, en el sentido que explicitamos anteriormente, y por tanto algo que ha de permanecer velado.

La inclusión del cannabis en la lista uno de sustancias fiscalizadas gracias a los convenios internacionales es más que dudosa desde criterios estrictamente médicos y, en cambio, es coherente desde criterios eminentemente morales (Arana, 2000); De hecho, en los convenios internacionales se hace alusión explicita a la  “salud moral de la humanidad” –alusión sorprendente teniendo en cuenta que “no existe una misma moral universal, sino más bien diferentes opciones, la mayoría de ellas muy respetables” (Arana, 2000). No puede ser casualidad que las drogas –que producen efectos corpóreos placenteros y- estén fuertemente moralizadas en lo que se ha venido a llamar “occidente” en donde, herederos de la tradición platónica y especialmente monoteísta y judeo-cristiana, hemos santificado el sacrificio y el sufrimiento, a la par que se ha demonizado el placer[1] y el cuerpo. Esta concepción moralista del bien como algo puramente racional, incorpóreo y asceta, en oposición a la animalidad del cuerpo y sus placeres –identificados con el mal- está a la base de las exageraciones que sostenían que el consumo de cannabis provocaba violencia y abusos sexuales (Iversen 2001).(…)

Estas reflexiones acerca de las dimensiones morales involucradas en los consumos de drogas y en la forma de relacionarnos con ellas, ya podrían ser algunas aproximaciones a las respuestas de las preguntas que Ángel Martínez se hace con respecto a la locura, y que yo me hago con respecto al consumo de cannabis: ¿A qué se debe que el consumo de cannabis no deba ser visto? ¿A qué se debe que se pretenda dejar fuera de la escena? ¿Qué se esconde en esa acción de esconder? Una de las razones que puedan explicar esta necesidad tal vez se encuentre en la asunción e interiorización por parte de la población, asi como de los propios consumidores, del discurso hegemónico prohibicionista que sitúa a “La Droga” –todas las sustancias ilegales unificadas en una sola y en mayúscula, con una entidad propia- como un “ente maléfico” que nos acosa y amenaza nuestra libertad, de modo que si haces cualquier uso de ella significa que estás “cayendo” en la droga, “sucumbiendo” a la tentación, en ultima instancia a pesar de que no se pueda considerar un acto ilegal el de abastecerse de marihuana, se considera en el “sentido común” de época aun hoy día un acto reprobable moralmente, casi pecaminoso –aunque no en el mismo grado en todas las sustancias-, tanto con respecto al Dios cristiano “formal” y “tradicional” (ascetismo, capacidad de sufrimiento, rechazo del placer etc), sino también con respecto al Dios Mercado (Honrubia……) que nos instiga, mediante la conformación de una subjetividad neoliberal y un “sentido común” especifico, a que todo tiempo no “productivo” o todo tiempo de “relación” y/o “pausa” es, de alguna manera, “tiempo perdido”, ya que “el tiempo es oro”. Asimismo se está haciendo algo netamente negativo  cuando se acude a la “vía rápida” para la consecución del placer, sin sacrificio y sin esfuerzo por “ascender” en la escala social meritocrática en la que el “buen ciudadano” ha siempre aspirar a escalar desde sí y para sí. Además, el cannabis tiene el agravante de que, junto con otras drogas más psicotrópicas y a diferencia de por ejemplo la cocaína, sus efectos no potencian la productividad –no estimula la actividad frenética, sino más bien al contrario-, ni enmascaran el cansancio o el miedo, sino que más bien te hace socializar, pero también tienen sus efectos una fuerte tendencia introspectiva y cuasi contemplativa es decir, las “características” del consumo de cannabis no encajan con un mundo extremadamente productivista, en una ilusión constante de desarrollo y superpotencia. Más bien la “formula” en la que el cannabis se ha conseguido encajar en el engranaje “capitalista” es como elemento de “desconexión”, como sedante-relajante, como anestésico físico y emocional… por ejemplo: después de la jornada de trabajo y del estrés para conciliar el sueño de manera profunda, para desconectar del trabajo y “desestresarse”, es decir, como “muletas químicas”; no es de extrañar por tanto que varias veces en las entrevistas los usuarios se hayan referido a las propiedades terapéuticas del cannabis como una forma de “auto atención” en salud (Menéndez……) que les permitía relajarse, conciliar el sueño o despertar el apetito etc, haciendo un uso del cannabis que buscaba una funcionalidad en salud, más que una finalidad puramente lúdica o recreativa.

“A mi el cannabis me va muy bien para desconectar del día a día, desconectar de la presión/, del estrés/… Me va muy bien el cannabis; Soy consumidor porque me va bien para desconectar/… de la presión realmente. Tampoco diría que… no es que coloque o no coloque, porque realmente a día de hoy ya no coloca tanto, pero realmente sí que es por un tema de desconectar de mi día a día, que es un día a día estresante y de aguantar diez mil personas cada dia/” S1 / A

Cada vez lo usas más como:: más de:: tranquilizante/…. Para cuando llegas a casa o cuando…(los usos) son terapéuticos también… muchas veces te calma la mente, te dejas de hacer líos en la cabeza, torbellinos… te relaja/.

– ¿Como relajante se podría decir que lo consumes?

– Sí.” S1 / S

En este punto afirmo que en el “problema” de la “locura”, así como en el “problema” de las drogas y los consumidores problemáticos de drogas en general (y de cannabis en particular) “es un problema de restitución de voz, de derechos y de ciudadanía a un colectivo minoría social discriminada” antes que un problema estrictamente médico o sanitario. Irse al terreno de lo estrictamente medico o de la toxicidad de la sustancia es no reconocer la complejidad del fenómeno bio-psico-social y tratar de reducirlo a una cuestión farmacológica (bio-qumiica). Aunque el cannabis es la droga ilegal más consumida y más ampliamente aceptada en la sociedad, sigue siendo una minoría social discriminada y, en mayor o menor medida, estigmatizada:

“-Hay estereotipos  ¿no? que están ya predefinidos: aquello de el que fuma cannabis es mala persona… yo he escuchado decir todo esto… que voy mal o que te miran raro…” S1 /A

 “A veces te pone los ojos un poco rojos y eso la gente lo ve y:: ya cambia su actitud hacia ti, te trata distinto… ese estigma viene metido desde la parte de:: que  la hierba es considerada como droga, ilegal” S1 / G

Esta estigmatización no se reduciría al consumidor, sino a toda la cadena desde el productor inicial hasta el consumidor final. La consecuencia de la imagen irreal –prejuiciosa y llena de mitos- de la enfermedad mental, asi como de la adicción a las drogas es la discriminación, la marginación y la falta de respeto por los derechos humanos y la dignidad de estas personas y colectivos, que a dia de hoy siguen siendo vistas socialmente como “delincuentes”

-¿Piensas que hay estigmas o prejuicios o ideas preconcebidas de la sociedad con respecto a los consumidores de cannabis?

Sí… sí\ (…) Sí, delincuencia/… Fumador-delincuencia/. Eso es lo que tiene la gente… que quien fuma o roba o algo tiene que ver con delincuencia. Y no tiene por qué, porque aquí en la asociación lo ves/. Gente totalmente de todos los estilos que fuman/, abogados… S1 / S

“¿Cuáles son los estigmas que en tu experiencia…?

S2: Delincuencia//, delincuencia… el cannabis está siempre asociado a la delincuencia; nunca he entendido el por qué, pero exactamente es igual que los tattos, es igual que los piercings…  no a ese nivel, pero se los ve como delincuencia pura y dura… O mala vida o…¡Ni-nis! ¿no? que le llaman…” S2 / L

También el discurso hegemónico –por tanto “naturalizado”- neoliberal que sitúa el comienzo y el final de todo riesgo en salud en el sujeto individual en exclusiva (recordemos el axioma fundamental del neoliberalismo: “no existe la sociedad, solo existen los individuos”), hace que éstos sujetos sean vistos como causantes de su propia enfermedad o adicción. Incluso si no son adictos o no tienen un consumo problemático solo con ser identificados como consumidores ya acarrea se les atribuye una personalidad viciosa o trastornada, por lo que se les da de lado fruto de los estigmas sociales que caen sobre ellos.

Al mantenimiento y propagación de este “sentido común” que establece mitos, estigmas hacia los consumidores,  ayuda de manera determinante el trato que los medios de comunicación dan al colectivo mediante “noticas” y titulares sensacionalistas, asi como por las campañas televisivas en formato de video publicitario antiprohibicionista de la FAD y del PNSD y demás organismos oficiales etc donde siempre se señala o bien a la sustancia o bien al individuo en exclusividad, reduciendo la problemática a una cuestión físico química o a un problema de la personalidad individual.

Haciendo esta equiparación entre la estigmatización que sufren las personas diagnosticada con algún padecimiento mental– como colectivo- y la estigmatización que padecen el colectivo de “consumidores de drogas ilegales/ consumidores de cannabis” tan sólo pretendo mostrar la dimensión política de la problemática con respecto a este ultimo colectivo. En el caso que analiza Angel Martinez los diferentes, los “otros”, son los “locos”; en caso que nos ocupa en este trabajo, los “otros”, los diferentes son los “consumidores de drogas ilegales/cannabis-” desde los cuales a partir del negativo de su imagen, puede la gente “normal” de la sociedad hallar su propia identidad. Yo soy lo que no es el otro.

Si, tal y como afirma Angel Martinez, “La locura es temida por desvelar la naturaleza artificiosa del sentido común, incluyendo el artificio más fundamental: su naturalización”, entonces la locura, asi como las problematicas en drogas –el concepto de riesgo o de adicción por ejemplo-, desvelan que todo “sentido común” oculta un sistema de representación que nunca nos es “dado” sino que es un constructo que busca, en el fondo, una forma de dominación, de control y de repartición de roles dentro de una sociedad. Es decir, esta forma de dominación de “la normalidad” marca lo que es el “estándar” social al que hay que tender, esto es: nos conmina a asumir la norma y asimismo identificar como “normales” aquellos que se ajustan a esa norma y, simultáneamente, identificar como “anormales” (desviados, enfermos o viciosos), como “los otros” aquellos que no se ajustan ni siguen la norma preestablecida.

Si asumimos que lo que sea “normal” lo es como consecuencia de una especie de forma de dominación política, entonces, la locura y los colectivos de “locos”, asi como todo comportamiento que se salga de la “norma”, por ejemplo los consumidores de drogas ilegales “organizados” –como lo son los consumidores y responsables que están en las AC y CSC que se salen de la norma en el sentido de que buscan sus áreas grises para , paradójicamente, poder asentarse en la legalidad- tienen un gran potencial contra-hegemónico, ya que desde su experiencia y prácticas pueden derribar algunos mitos, prejuicios y estigmas establecidos en el “sentido común” de la sociedad externa a ella y pueden así mismo aprovechar  los espacios de indeterminación (como los espacios físicos de las AC y CSC) en los que se dan la configuración de nuevas posibilidades e identidades en donde las personas de los colectivos dominados, excluidos o controlados (en este caso el colectivo de consumidores de la droga ilegal cannabis) pueden amparase, desarrollarse autónomamente e incluso discutir y poner en marcha iniciativas para tratar de restituir sus propios derechos ciudadanos, alzando su voz e instaurando su propia visión del mundo, su propio “sentido común”, su propia “normalidad”. Esa “normalidad propia” va más allá de los ámbitos cannabicos, como pueden ser la “normalidad” en cuanto al género; en la AC “P” –donde la presidenta es una mujer, donde el numero de mujeres y hombres está repartido y donde se defiende un discurso de empoderamiento de la mujer con iniciativas como el “encuentro mujeres cannabica” etc- la normalidad en cuanto a genero es un trato igualitario de facto en roles, numero, inicitivas etc entre mujeres y hombres… Y alli al comentar la reificación tan fuerte de la mujer que percibí en la feria Spannabis y en publicaciones cannabicas a priori “serias” y al afirmarlo una de las responsables, dos socios se mostraron muy sorprendidos y una acaba aludiendo a la normalidad en cuanto a genero instituida en la propia asociación:

“… con el cannabis es un tema:: es como cosificar el cannabis y la mujer/, son casi como dos objetos ¿Sabes?

*-Ah pero… ¿también son de ese tipo de ferias –Spannabis-? ¿Son asi en plan mujer florero?

-Sí

M- Son de esos anuncios de mujeres culonas en tanguilla ocn los meses del calendario cannabico…

*-Buah/, yo no sabia eso…

M- Mira esta perla… ¡mirad a mayo y a junio que bellas!

-Ala…/

-Buah/

M-Yo estuve en el Spannabis que las niñas parecían la feria del porno, cómo iban hija…

*-Yo tengo una visión super sesgada de eso, pensaba que era totalmente diferente…

-Yo también…

(…)E: ¿Cómo pensabais que era?

*-Pues más cumba…

-Como aquí…

-Sí…

-No, ni más cumba ni nada, simplemente “normal”/

*-Más cumba/, claro cumba ehh

-No, yo no me lo imagino ni más cumba ni más nada. A mi me parece como normal. Me parece que no hay una diferencia entre hombre y mujeres.”

De esta forma en las AC y CSC se podrían establecer espacios para la configuración de nuevas formas de abordar las problemáticas con respecto a las drogas y a diferentes problemáticas, donde se co-responsabilice y empodere al sujeto, donde no se lo reifique y donde no se lo convierta en un “menor de edad” que ha de reeducarse –con una obvia, aunque implícita, misión moralizante y moralizadora- en función de lo que le ordene el “experto” de turno, al que deberá obediencia ciega.

Frente a algunos los dispositivos asistenciales encargados del tratamiento y rehabilitación de las personas afectadas por un consumo problemático / compulsivo /abusivo que siguen  actuando como auténticas escuelas de “sentido común” que  repiten los mantras del prohibicionismo y que caen una y otra vez en las profecías auto cumplidas, se trataría más bien de: acompañar, escuchar, atender y posibilitar el empoderamiento a las personas afectadas y a su vez preocuparse y ocuparse asimismo de los condicionantes y contextos socio-político-culturales, como variables fundamentales en las problemáticas de salud-drogas, que están más allá del individuo y de la propia sustancia. 

 


[1]  El placer en “occidente” y el manejo del mismo por el capitalismo es un asunto controvertido que no se puede limitar a su mera “demonización”, ya que juega un rol ambivalente y cuasi contradictorio en el imaginario y en la practica neoliberal capitalista. Como señala:…. La socidad del riesgo de Beck

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